viernes, julio 13, 2012

Blues brothers (and sister)

Lo apretado del calendario de conciertos estos días deparó en la misma jornada un doble programa para los aficionados al rythm and blues más abiertos de mente. Para empezar, cita a mediodía en el corazón financiero de Brooklyn (en la plaza MetroTech Commons) donde la institución cultural y local BAM organiza su serie de conciertos estivales abiertos a la ciudadanía.

Ante una audiencia de lo más variopinta (menores y veteranos ganaban en porcentaje) y un entorno donde árboles, mesas y sillas lo hacen más propio de un merendero campestre que de un lugar para conciertos, comparecieron dos formaciones muy diferentes.

Primero, el lado más divertido de la música de raíz americana lo facturaron NRBQ, una formación gestada en los finales de los 60 de la que sólo persiste su pianista (a quien los años le han dado un aire a lo Doc de "Regreso al futuro"), Terry Adams.

Quien busque letras complicadas o adornos exagerados no lo encontrará. La suyo es la historia de músicos curtidos en la carretera a los que el éxito mayoritario les ha sido esquivo. Pero desprenden un optimismo que resulta contagioso.

A continuación fue el turno de una solista que hace menos de un año actuaba en el también neoyorquino Jazz at Lincoln Center y que de nuevo hizo gala de poderío vocal y femenino. Es Shemekia Copeland, hija del solista y guitarrista de blues Johnny Copeland (a quien hay que agradecer que le inculcara el buen gusto musical para no acabar siendo cantante de hip hop, como ella misma bromeó).

Su presencia en el escenario es imponente y con seguridad se convertirá (si no lo es ya) en una de las grandes divas del blues del siglo XXI. Desde el arranque, se muestra como un torrente de sentimiento e interpretación bluesera.

Además sabe cómo tratar al público, ya sea contando anécdotas sobre las canciones ("vosotros podéis ir a Memphis, pero yo no vuelvo allí"), haciendo alegatos en favor de la belleza de todas las mujeres, resucitando el ritmo de los espirituales religiosos o encendiendo al personal con su momento a capella sin micrófono.


Por petición popular tuvo que volver para dejar un bis en el que la mayoría ya no pudieron permanecer por más tiempo sentados ante lo que se estaba desatando.



Tras bajarse del escenario no tuvo además reparos en departir y hacerse fotos con todo aquel que se lo pedía. 


En definitiva, no pudo ser mejor la primera toma de contacto con este ciclo de conciertos al que aún le quedan buenas matinales que ofrecer (por ejemplo la que estará a cargo de Aloe Blacc a primeros de agosto).

Soul of America

Para la tarde hubo que trasladarse de Brooklyn hasta Manhattan, donde tenía lugar la segunda y última jornada del Lowdown Hudson Blues FestivalLo suyo sería referirse a la propuesta cabaretera de He´s my brother She´s my sister (mención especial a su batería-bailarina de claqué) o a la melancolía y fragilidad de la canadiense Neko Case (conocida también por su contribución en The New Pornographers), cabeza de cartel de la noche aunque los matices de su concierto resultaron demasiado intimistas para los que no estaban cerca del escenario.

Pero al final quien eclipsó a todos fue una revelación que en 2011 vio por fin publicado su primer disco... ¡¡¡a la edad de 63 años!!! Este hombre es Charles Bradley y la historia de su vida personal es tan asombrosa y emotiva que ha quedado recogida en un documental.

Hasta subirse a los escenarios bajo su propio nombre artístico ha malvivido en las calles y metro de Nueva York, recurrido a trabajos tan dispares como cocinero o imitador de James Brown (quien es innegable le ha dejado una profunda huella en su forma de vestir y actuar) y visto la muerte de cerca al sufrir un ataque al corazón. 

Con un historial como el suyo lo que ahora vive le debe parecer un sueño, al que se entrega en alma y cuerpo cual nuevo profeta del soul y el blues. Aparece en escena tras un preludio instrumental y transmite de inmediato una sensación que ya no desaparecerá a lo largo de la actuación, algo muy parecido a lo que debieron sentir los que tuvieron la suerte de ver en vivo al "padrino del soul".

Gritos desgarrados, contorsionismos imposibles, juegos con el micrófono, bailes a lo robot, brazos que quieren echar a volar, sensualidad a flor de piel, cambio de uniforme para la segunda parte del show... todo ello forma parte del espectáculo. En cuanto a las canciones, destilan historias sobre el lado amargo de la vida. Alguna incluso con detalles autobiográficos de los duros años pasados en la (en teoría) tierra donde todo es posible. Además, una sorpresa en forma de versión: la preciosa "Heart of gold" de Neil Young. Y como apoyo, The Extraordinaires, una banda con sección de vientos y de estética y sonidos setenteros que ya por sí solos serían un valor seguro.

Para el colofón final, Bradley busca a su público y se funde en abrazos con todo aquel que se encuentra por medio (algo que parece sello de identidad).


Felicidad absoluta y amor universal. 

No llegamos a tiempo de ver a James Brown pero ahora tenemos a Charles Bradley.

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